Posted on Monday, 21 November 2011
Reflexiones de toilette #4: el nombre
- 1: Permítanme decir que un nombre es un domicilio en el mundo. O, en otras palabras, que es el basamento de lo ontológico en la vida social. Así, podría argüirse que mi nombre es una residencia, ya que ocupa un espacio en la construcción de sentido. Él contiene una forma relativa de mi presencia.
- 2: Ese nombre me es asignado por voluntad ajena: no soy partícipe de la creación, soy nombrado por otros. Encontramos ahí la huella de lo social, la marca del Otro en mí. El nombre inaugura un decir, el yo, que me convierte en testigo del mundo. Y los testigos nunca eligen, sólo acontecen.
- 3. El nombre - ese signo - no sólo tiene peso físico, sino que también se conduce por el tiempo. Hecho de mundos que se contradicen, el nombre puede que sea un hoy, un mañana y un quizás, todos tiempos contenidos en unas cuantas letras que me dan forma en lo social. Pero él también es gestado por un ayer. En ese sentido, mi nombre es una herencia.
- 4: Es que, como sostuvo Derrida, "la herencia es aquello de lo que no puedo apropiarme". Heredo algo sobre lo que no tengo "derecho de propiedad ". Por lo que soy su locatario: "su depositario, su testigo o su relevo…".
- 5: En esa dirección, tal vez sea quien soy porque mi nombre es sostenido por otros, ya sea por recuerdo o por invocación. ¿Entonces mi nombre tiene fecha de vencimiento? Puede que sí, cuando ya no sea destinatario del llamado de la alteridad. Entonces diremos que el nombre es palabra suspendida.
- 6: Otro nombre se me aparece con urgencia, el tuyo. Él funciona ahora como un lugar - un tópoi - desde el que puedo ordenar mi experiencia en el mundo. Y las letras que lo forman no escapan de esa propiedad creadora: ellas contienen tu presencia, porque nombrándote puedo invocar tu cuerpo.
- 7: Hay en tu nombre una vibración, un latido. Hay en él una aliteración, que parece reforzar la cadencia natural de las palabras, la existencia de las cosas, la manifestación de lo real... Es ese no-sé-qué- que me obliga a visitar el hogar de tu nombre; a sostenerlo en el mundo y, en ese movimiento, sostener el mío. Y después, de todo, de eso se trata: estar siendo por obra de tu nombre, y el mío.