“No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible”
Esteban Echeverría en “El Matadero” (1838).
Cuando un director decide llevar al cine una masacre como la de Oslo, la sociedad se devora a sí misma. Y esta es una curiosa forma de antropofagia.
La industria cultural trabaja edificando ese relato de destrucción seriada, comercializando los grandes desastres de la humanidad. Porque si de algo está hecho el hombre es de otros hombres. ¿Qué otra cosa es el consumo, podría argüirse, sino una manera de asumir la pérdida en solventes cuotas?
Marcuse gustaba hablar de necesidades falsas. La antropofagia que reproducen los medios de comunicación es una de ellas: consumimos los fracasos de la historia porque así nos lo impone la realidad, a la que accedemos con gusto. “Es bueno alejarse de la catástrofe devorándose unos a otros. Satisfacer esta necesidad simbólica es lo prioritario”, aconsejan desde los mass media.
Paradojas de este, nuestro tiempo: la sociedad se hace y se deshace a cada tranco, porque esa es su manera de sobrevivir. Y el hombre es el lobo del hombre.
Es que el banquete está dispuesto en la mesa nuestra de cada día: un terremoto, un tsunami, una bomba nuclear o una guerra mundial serán relatos debidamente guionados y auspiciados por productores ejecutivos. Esos mismos que ya estarán robando ideas de aquel manifiesto de miles de páginas que un psicótico de ultraderecha redactó antes de perpetrar un asesinato a gran escala. Masacre que sacudió, paradójicamente, la tierra de lo apolíneo.
Los diarios de la intelligentzia nacional, los programas de radio sensacionalistas o el reportero engominado disponen el menú del día a un costo accesible: fragmentos de lo real, pedazos de alteridad, materia deshumanizada y otras especialidades de la casa.
Por eso cuando un jueves nos sorprendan las carteleras de los mejores cines con aquella película que reescriba lo acontecido en Noruega sería bueno olvidarse del banquete caníbal que nos prepara la industria cultural. No seamos partícipes de esta comilona digna del más grotesco sainete.