i
Ser gorrión, dicen que decía el tango.
Sólo quedaron las postrimerías, el delgado
hilo del que penden los rumores.
Algo arcaico
se sacude en mi entrecejo, un péndulo
que apenas se balancea entre los segundos.
ii
No me vengan con pájaros libres, cantores.
No me vengan con la canción fútil, con lo pueril
del canto. Háblenme como entre puñales,
háblenme de pájaros enfangados, encharcados
en lodazales, gimiendo y no de placer. Háblenme
de gorriones, sí, pero de gorriones opacos,
O tan sólo háblenme.
iii
Algo habla, ahora, con fragilidad. La lluvia
relame el asfalto:
el camino que se alarga,
y desaparece.
Una mano se busca en los avisos fúnebres
para confirmar que no ha muerto, ni perdido
pedazos de vida por ningún lugar.
Y un diario
añejo se debate entre los autos, como trigo
vivo que se lleva el viento. Y sin embargo,
cae.
iv
Necesidad de diálogo o vergüenza de haber sido,
dolor de ya no ser. Para qué ser gorrión herido
o para qué ser, qué tanto.
Dicen que decía
un tango: doblar la hoja del tiempo, mecerse
entre segundos o puñales, ser gorrión
anegado en el barro, cantar puñales
como vibran las hojas con el sudor
y el suelo lacerado por la luz.
Y es tal la fragilidad
con que las palabras suturan esto y aquello
que no hay violencia que la resista.
v
Qué es lo que queda balbuciendo, ese no se qué
que se clava como un puñal en el aire. Negarse
tres veces cuando las sombras se recortan
o huyen.
Ahora, las hojas sudan y no están
laceradas por ningún costado.
Un gorrión se pasea
por la ventana y no está enlodado. Pero canta
y se sacude tanto, que parece un tango
silbado bajito.
Posted on Friday, 13 August 2010